Fascismo italiano (resumen)

 

Fascismo italiano

 

El 2 de agosto de 1914 el gobierno italiano anunció que se mantendría neutral.

El director del diario socialista Avanti, Benito Mussolini, fiel al espíritu de las resoluciones de la Internacional Socialista en contra de la guerra en Stuttgart en 1907 y en Basilea en 1912, atacó tanto —a los-agresores alemanes como a los imperialistas anglofranceses y proclamó que la única guerra para los socialistas era la guerra entre la burguesía y el proletariado. Críticas contra los defensores de la neutralidad tachándolos de traidores y cobardes. Fue obligado a irse de Avanti y poco después fundó un nuevo periódico, llamado IL Popólo d’Italia, financiado en gran parte con dinero fran­cés y con sustanciosas contribuciones de las otras potencias de la Entente.

El Partido Socialista se mantuvo resueltamente neutral y siguió alabando en apariencia la idea de la revolución. La división dentro del Partido Socialista entre los que albergaban el difuso pero apasionado deseo de pasar a la acción dentro de una «guerra revo­lucionaria» y los que se aferraban a la neutralidad era sintomática de una profunda división dentro de la sociedad italiana. Una pequeña pero resuelta minoría a favor de la gue­rra se salió con la suya en mayo de 1915. Muchos italianos llegaron a creer que la alternativa era guerra o revolución y pensaron que la guerra era el mal menor.

La Cámara de Diputados votó abrumadoramente pero sin entu­siasmo a favor de la guerra, tras haber sido manipulada por el go­bierno e intimidada por los intervencionistas. El Parlamento cayó en un descrédito mayor por la inepta conducción de una guerra para la que el país estaba mal pre­parado, que era muy impopular y que no trajo consigo la gloria nacional, sino la humillación de la derrota en Caporetto. En la primavera de 1917, la extrema izquierda del Partido Socialista, bajo la dirección de Amadeo Bordiga, formó un partido socialista independiente a partir del cual se creó más adelante el Partido Comunista. El gobierno adoptó duras medidas en con­tra de los socialistas, pero esto no hizo sino empujar más a la iz­quierda a los socialistas.

La victoria no tardó en estropearse. A Italia se le, negaron las anexiones que se le habían prometido en el Tratado de Londres y los nacionalistas acusaron a la Conferencia de Paz de ser un fraude que había otorgado a Italia una «paz mutilada». El 12 de septiembre de 1919, Gabriele D’Annunzio, un literato de moda, aventurero y héroe de guerra, condujo a unos 2.000 soldados rebeldes hasta Fiume, desafiando el acuerdo de paz. D’Annunzio se quedó en Fiume hasta finales de 1920, cuando el .gobierno llegó a un acuerdo con Yugoslavia y por fin se sintió capaz de actuar.

La impotencia del gobierno ante estas posturas indicaba el grado de fragmentación política que había en Italia. La derecha apoyaba a D’Annunzio y seguía vociferando sobre la «victoria mutilada» y los desórdenes dentro del país. La situación política se desestabilizó aún más a causa del establecimiento de la representación proporcional, lo cual ya no permitía contro­lar el Parlamento con los tradicionales métodos liberales del intercambio político y el tráfico cíe influencias conocidos como trasformismo. Ni siquiera el anciano brujo de la política italiana, Giovanni Giolitti, que sustituyó a su grandísimo rival Nitti en junio de 1920, consiguió formar una coalición eficaz con estas facciones hostiles. Por tanto, no era de asombrar que la idea He un régimen autoritario resultara cada vez más atractiva.      

En los «dos años rojos» de 1919-20, hubo una oleada de huelgas por toda Italia tanto en la industria como en la agricultura. Los patronos, enfrentados a unos sindicatos militantes envalentonados por la alta tasa de empleo, cedieron ante muchas de sus demandas, con la esperanza de que la inflación disminuyera el coste real de estas concesiones. Las clases medias no consiguieron ningún beneficio similar. Aborrecían a los socialistas y consideraban a Giolitti como un «derrotista» desacreditado. Estaban frustradas, amargadas y desilusionadas y buscaban una solución radical a sus problemas.

Los «dos años rojos» alcanzaron su punto culminante en septiembre con la ocupación de las fábricas en los centros industriales

del norte. Su fracaso, des­moralizó a la clase obrera y puso de manifiesto la quiebra de la línea «maximalista». Bordiga y Gramsci formaron el Partido Comunista (PCI) en el Congreso de Livorno de enero de 1921, convencidos de que sólo un partido revolucionario al estilo bolchevique podía llevar a cabo las aspiraciones de la clase obrera. En 1921 el movimien­to obrero italiano estaba aún más dividido y sin ánimos para ofrecer una oposición unida y decidida contra el peligro creciente de la ex­trema derecha.

Dada la situación, Mussolini y sus squadristi parecían ofrecer una esperanza para librarse de los socialistas, los sindicatos y un gobier­no pusilánime.

Mussolini fundó su primer fascio di combattimento el 23 de marzo de 1919 como continuación de sus fasci di combattimento de la guerra. Era una curiosa mezcla de nacionalismo moribundo y sindicalismo revolucionario. Su primer programa reflejaba estas dos tendencias. Defendía la anexión de Fiume y Dalmacia así como un impuesto del 85% sobre los beneficios de guerra, un progresivo impuesto sobre la ren­ta, la participación de los obreros en la gerencia y la incautación de todo lo que quedaba de las propiedades de la Iglesia. En las elecciones de noviembre de 1519, los fasci salieron tan mal parados que todo el movimiento parecía estar a punto de venirse abajo. Mussolini anunció que estaba a favor del «libre cambio», lo cual implicaba librarse de los sindicatos, librarse de los impuestos elevados y librar­se de la excesiva intervención del gobierno en la economía.

Una cantidad importan­te, de oficiales y miembros de las tropas de choque de élite (arditi) se sentía muy atraída por los fasci y ellos fueron quienes dieron al movimiento su tono claramente militar, su recelo ante los programas y las plataformas, su radicalismo vacío y su violencia. Esta íntima asociación con destacados capitalistas fue una razón más para que la izquierda fascista se alejara de Mussolini en un momento en que ya estaba molesta por el giro a la derecha del movimiento.

A principios de 1919, Mussolini empezó a organizar escuadras armadas formadas en su mayor parte por militares retirados, en es­pecial procedentes de los arditi, que entraron en acción por primera vez en abril, cuando fue incendiado el edificio del periódico socia­lista Avanti. La mayor parte de sus energías iban dirigidas a aterrorizar a los socialistas y a los sindicatos. Este squadrismo fue típico de la siguiente fase del fascismo.

Llegaron a dominar las zonas rurales del valle del Po, la Emilia v la Toscana. Algunos fascistas pensaban que esta violencia era excesiva y que el partido debía convertirse en un partido responsable de centro. Los fascistas radicales no simpa­tizaban con esta política tradicional y disfrutaban con el empleo del terror, que era parte de un auténtico culto revolucionario al autosacrificio, el heroísmo y el idealismo. Estas dos alas del movimiento fascista estaban unidas porque las dos detesta­ban el socialismo en todas sus formas y este antisocialismo fue lo que iba a dar a los fascistas un apoyo masivo.

Las clases respetables buscaban protección contra el peligro rojo y los fasci estaban encantados de facilitarla, aunque despreciaban a los burgueses por considerarlos egoístas, convencio­nales y cobardes. La mayoría de los fascistas aceptó cínicamente esta alianza con la burguesía como postura táctica. En 1920 el fascismo tenía más fuerza en el campo, donde había problemas parecidos. Muchos trabajadores agrícolas se habían unido a los fasci, atraídos por las promesas de que serían protegidos contra los terratenientes.

En las elecciones de mayo de 1921, Mussolini se unió al Bloque Nacional con los liberales, de Giolitti y los nacionalistas y sus segui­dores obtuvieron treinta y cinco escaños. El gobierno de Giolitti dependía del apoyo de los populistas y en julio, cuando ya no podía contar con ellos, presentó su dimisión. Se formó un nuevo gobierno con Bonomi, débil socialista de derechas, que aceptó un «pacto de pacificación» con Mussolini, algo que enfureció sobremanera a los violentos fasci rurales. Mussolini cedió ajas presiones de los diri­gentes locales (ras). En el Congreso fundador del Partido Fascista (PNF: Partito Nazionale Fascista) celebrado en noviembre, anunció: «Sin duda deseamos ser­virle [al pueblo], educado, pero también estamos dispuestos a azo­tarlo cuando cometa errores.» Italia se lanzó prácticamente a una guerra civil entre los camisas negras fascistas y los camisas rojas socialistas. Bonomi prohibió todas las bandas armadas. Al no haber forma de hacer respetar este decreto, el gobierno cayó en un mayor descrédito. Los demócratas retiraron su apoyo a Bonomi y el gobierno de éste cayó.

Los fascistas aumentaron su violencia y el gobierno se vio incapaz de mantener la ley y el orden. Los socialistas y Ios populistas anunciaron entonces que estaban dispuestos a respaldar a un gobierno antifascista, en un intento de poner fin a la violencia e ilegalidad intolerables que arrasaban el país. Los socialistas convocaron una huelga general antifascista en julio. Fue un error fatal, pues los fas­cistas rompieron la huelga. La burguesía aplaudió esta abrumadora derrota de la clase obrera organizada y militante.

A finales de octubre, Mussolini aceptó marchar sobre Roma. Como operación militar estuvo especialmente mal planeada y habría sido detenida con facilidad de haber habido una oposición seria. Como muestra de teatralidad política fue soberbia. Por todo el norte de Italia las autoridades se rindieron a los fascistas y parecía que el estado se estaba desmoronando. Casi todo el ejército simpa­tizaba con los fascistas. Los políticos, con la excepción de los comunistas y casi todos los socialistas, estaban dispuestos a aceptar a los fascistas convencidos de que éstos respetarían la ley y que el país tendría algo de paz y tranquilidad. El rey estaba de acuerdo con este punto de vista y, aunque no era amigo de los fascistas, pensaba que un gobierno dirigido por Mussolini era la única alternativa al derramamiento de sangre y la anarquía.

Musso­lini llegó a Roma en un coche cama desde Milán y llegó en la ma­ñana del 30 de octubre ataviado, cosa incongruente pero simbólica, con una camisa negra y un sombrero hongo. Sus tropas celebraron su desfile de la victoria por las calles de Roma.

Sólo había treinta y dos diputados fascistas en la Cámara y el gabinete de Mussolini incluía a muy pocos fascistas. Todos los fascistas destacados quedaron excluidos y en el gobierno se incluían dos populistas, tres demócratas, un
nacionalista y un liberal. Esto aseguraba a Mussolini una mayoría
parlamentaria. Mussolini se nombró a sí mismo ministro de Asuntos Exteriores, pues se consideraba que la diplomacia era un feudo conservador, además de ser primer ministro y ministro del Interior.   

Los primeros pasos importantes para crear una dictadura perma­nente se dieron en diciembre. Se formó el Gran Consejo Fascista, para facilitar el contacto entre el partido y el gobierno, pero no tardó en convertirse en una institución más importante que el gabinete. El 30 de diciembre, Mussolini mandó arrestar a los dirigentes comunistas Bordiga y Gramsci junto con todos los demás miembros del Partido Comunista que pudo atrapar. El Partido Co­munista pasó a la clandestinidad. La destrucción final de la izquierda había comen­zado. Pero los radicales del propio partido de Mussolini también, fueron metidos en cintura. Se formó una milicia que controló, dis­ciplinó y absorbió a los pendencieros squadristi y se convirtió en una fuerza militar que era ciegamente fiel a Mussolini.

En abril de 1923, los populistas fueron expulsados del gobierno, pues una buena facción del partido se oponía a cualquier tipo de cooperación con los fascistas y Don Sturzo simpatizaba con ella. Mussolini estaba decidido a debilitar a los populistas. Ley Acerbo: el partido que obtuviera el mayor número de escaños en unas elecciones se haría automáticamente con dos tercios de los escaños en el Parla­mento. Sturzo, como sacerdote obediente, se había visto obligado a abandonar la dirección de los populistas al ser objeto de presiones crecientes por parte del Vaticano para colaborar con los fascistas. Sin su dirección el partido comenzó a dividirse en dos grupos: uno dispuesto a cooperar con los fascistas y otro que quería a toda costa conservar los últimos restos de la democracia italiana.

Las trampas descaradas en el recuento de los votos y el permitir a los fascistas votar más de una vez dieron como resultado una abrumadora victoria del Bloque Nacional.

Con el Parlamento dominado ahora por los fascistas era evidente que el régimen estaba a punto de entrar en una nueva fase. Cuando el Parlamento se volvió a reunir, el dirigente de los socia­listas reformistas, Giacomo Matteotti, atacó ferozmente al gobierno y denunció las elecciones diciendo que habían sido un fraude. Pocos días más tarde, el 10 de junio, Matteotti desapareció. Los fascistas moderados como amenazaron con abandonar el gabinete si Mussolini no se libraba, de los  extremistas. Mussolini no sabía qué hacer. Tras un período de vaci­laciones, cedió ante los moderados.

El 12 de junio, los diputados de la oposición, con excepción de los comunistas, decidieron retirarse del Parlamento, negándose a
regresar hasta que se hubieran restablecido la ley y el orden y se respetara la constitución. La «Secesión del Aventino» no formó un parlamento alternativo ni una alianza eficaz que pudiera haber constituido una alternativa creí­ble a los fascistas. En parte esto se debió al papa Pío XI, quien prohibió a los populistas cooperar con los socialistas e incluso mandó al desdichado Don Sturzo al exilio.

Muchos fascistas radicales pensaban que Mussolini estaba siendo demasiado conciliador y que había llegado el momento de destruir a la oposición y de establecer una dictadura definitiva. Se sintieron ultrajados, cuando la milicia fue obligada a jurar lealtad al rey, me­dida pensada para calmar a los nacionalistas y a los conservadores. Un grupo de cónsules de la milicia advirtió a Mussolini de que habría una «segunda oleada» de violencia si el gobierno no tomaba medidas decisivas y hubo manifestaciones en algunas de las ciudades más importantes con el mismo fin. Mussolini decidió ceder a estas presiones y establecer una dictadura plena. Mussolini decidió tratar de establecer un «Estado totalitario fascista».

Eliminó de su gobierno a los ministros no fascistas, la oposición del Aventino perdió sus escaños parlamentarios. En enero de 1926, los diputados populistas que in­tentaron ocupar sus escaños en el Parlamento fueron expulsados por los fascistas. En octubre hubo otro atentado contra la vida de Mus­solini. Esto sirvió de excusa para prohibir todos los partidos políticos.
Italia era ya un Estado con un sólo partido político, pero aún había poderosos intereses a los que se tenía que enfrentar Mussolini: la Corona, la Iglesia, el Ejército, las grandes finanzas e incluso el PNF.

Fari­nacci fue nombrado secretario general del PNF. Con Farinacci se impuso una rígida disciplina al partido y fue sometido a una complicada burocracia, pero los ras seguían gobernando sus feudos de provincias con pocos frenos por parte de la dirección del partido La violencia era una parte tan intrínseca del movimiento fascista que a éste le era difícil sobrevivir sin ella. Farinacci consideraba a los fieles del partido como guardianes de la llama sagrada del fascismo y por ello superiores al aparato estatal, que tenía que ser purgado de la «inercia moral». Mussolini, que había albergado la esperanza de haberse ganado a Farinacci, vio en la ac­titud de éste un desafío a su incontestable liderazgo. El 30 de abril de 1926, Farinacci fue relevado de su puesto y le sucedió Augusto Turati. Mussolini despidió a Federzoni y una vez más se convirtió en ministro del Interior. El 5 de enero de1927 Mussolini mandó una circular que afirmaba la superioridad del prefecto por encima del líder local del partido (federale). Las elecciones internas del partido ya no estaban permitidas. Mussolini prefería subordinar el partido al Estado v mantenerlo en reserva para emplearlo cuando fuera necesario.

Los fascistas más ambiciosos desarrolla­ban su carrera dentro de la absurda e inmensa burocracia gubernamental, fenómeno llamado ventottismo (veintiochismo), ya que se hizo más llamativo en 1928.

Las crecientes ten­siones entre el capital y la fuerza obrera, que se intensificaron tras la crisis de Matteottí, eran tan grandes que Mussolini se vio obligado a tomar medidas y se anunció que estas contradicciones se supera­rían con una mayor síntesis fascista.

El primer paso práctico importante para lograr este exótico ideal  hegeliano fue el pacto del Palazzo Vidoni del 2 de octubre de 1925. Se acordó abolir los consejos de las fábricas y no aceptar ya a los sindicatos no fascistas como representantes legítimos de los trabajadores. Los sindicatos también habían renunciado al derecho de huelga.

El pacto del Palazzo Vidoni se convirtió en la base de la lev sindical de 1926, que abolía el derecho de huelga y los comités de fábrica, pero también obligaba a los industriales a aceptar el arbitraje obligatorio. Se reconoció a la Confindustria como el cuerpo repre­sentante oficial de los industriales y se le dio un asiento en el Gran Consejo Fascista.

En cada grupo, los patronos y los trabajadores estaban organizados por separado. Se formó otra asociación para intelectuales, artistas y profesionales. La Confindustria fue recono­cida como la organización oficial de los patronos industriales. Aun­que de esta manera se convirtió en una agencia pública oficial con autoridad jurídica, seguía estando dirigida por y para los industriales al servicio de sus propios intereses. La ley sindical también creó un Ministerio de Corporaciones y un Consejo Nacional de Corpora­ciones. Los industriales se oponían al corporativismo porque temían que diera a los trabajadores demasiada influencia.

Rossoni libró una batalla por su cuenta a favor del corporativismo.

El 21 de abril de 1927, el Gran Consejo Fascista promulgó el Estatuto del Trabajo, que fue anunciado como la «Carta Magna del Fascismo». Se declaraba solemnemente que la empresa privada perseguía los au­ténticos intereses de la nación y que el Estado sólo debería intervenir en la producción cuando la iniciativa privada fuera gravemente de­ficiente o cuando los intereses políticos del Estado se vieran impli­cados de forma directa. La Carta Magna fascista ayudaba a los amos de la industria y la economía, pero restringía aún más los derechos de los trabajadores. Fue una derrota más para Rossoni y para el sindicalismo fascista. Atacado tanto por las indus­triales como por el PNF y, acusado de promover egoístas intereses de clase para los que no había lugar en el Estado fascista, Rossoni no tardaría en caer. En 1928 fue obligado a dimitir, al hacerse pu­blico un impresionante informe con numerosos detalles sensacionalistas sobre su vida sexual y sus dudosas transacciones financieras. Con su dimisión, la Confederación Nacional de Sindicatos. Fascistas quedó dividida en seis confederaciones independientes que corres­pondían a las-seis confederaciones patronales.

Mussolini había logrado llegar a un compromiso satisfactorio con los patronos, con quienes había, mantenido buenas relaciones desde la Marcha sobre Roma, También estaba deseoso de llegar a un entendimiento con la Iglesia que, aumentaría enorme­mente su prestigio. Desde la ocupación de Roma por tropas italianas en 1870, los papas se habían negado a reconocer al Estado italiano. Mussolini, cuyo primer panfleto se titulaba «Dios no existe», y que seguía siendo decididamente anticlerical, no parecía la persona más apropiada para curar estas viejas heridas.

Las negociaciones comenzaron en el verano de 1926 y tuvieron como resultado la firma de los Pactos de Letrán del 1º de febrero de 1929. El Concordato reconocía a la Iglesia como una institución totalmente autónoma y autogobernada dentro del Estado.

Declaraba la enseñanza religiosa obligatoria en las escuelas primaria y secundaria. El Tratado de Conciliación, firmado al mismo tiempo, reconocía la plena soberanía de la Ciudad del Vaticano, la independencia de la Santa Sede y reconocía la religión católica apostólica romana como la única religión del Estado. En un tercer do­cumento, la Convención Financiera, el Estado italiano acordaba en­tregar a la Santa Sede 750 millones de liras en metálico y un billón de liras en bonos del Estado.

Al poco tiempo las organizaciones de Acción Ca­tólica se convirtieron en el terreno de adiestramiento de una elite que se presentaba como alternativa a los fascistas y que se convertiría en la base del movimiento antifascista demócrata cristiano. Los fas­cistas radicales lanzaron un ataque coordinado contra Acción Cató­lica en 1931, que tuvo como resultado la pérdida de ciertos privile­gios y su independencia, en especial dentro de su movimiento de juventudes. La Iglesia contraatacó colocando a destacados pensado­res fascistas como Gentile en el índice y el papa dejó claro que no podía aprobar la idea del Estado totalitario, pues los derechos eran otorgados por Dios, no por el Estado, y la Iglesia jamás podría estar subordinada a ninguna autoridad creada por el hombre. La Iglesia ya estaba muy comprometida. Celebró la guerra de Etiopía como una misión civilizadora e incluso como una cruzada. La guerra de España fue también aplaudida como una batalla contra las fuerzas del mal. El Estado corporativo fue alabado y considerado como la forma más cercana a las enseñanzas sociales de la Iglesia y muchos aspectos del nuevo orden merecieron una aprobación expresa en la encíclica Quadragesimo anno de 1931.

Al principio, la política económica fascista era tradicionalmente liberal y minimizaba el papel económico del Estado. De Stefani, como ministro de Economía, desnacionalizó la compañía telefónica y los seguros, junto con otras industrias nacionalizadas.

De Stefani era fundamentalmente un librecambista, cuya política beneficiaba a los fabricantes textiles de su ciudad natal de Vicenza, pero a la que se oponían las industrias del hierro y el acero, los fabricantes de armas y las industrias químicas y eléctricas. Una caída de la lira, un estallido de vergonzosas especulaciones en bolsa, la oposición de los financieros y los representantes de la industria pesada, su opo­sición al proteccionismo y la nueva tendencia autoritaria del régimen provocaron la caída de De Stefani en 1925.

En agosto de 1926, Mussolini pronunció un discurso en Pesaro en el que anunció una drástica política de deflación que incluía la quota novanta, la revalorización de la lira, que establecía el precio de la libra esterlina en 90 liras, en oposición a las 154 liras anteriores.

Los motivos de Mussolini para efectuar la revalorización eran varios. En parte era una cuestión de prestigio y una demostración
teatral de que la fuerza de voluntad fascista triunfaba por encima de la plutocracia financiera internacional y sus parásitos judíos y ma­sones. L
a política de Pesaro tuvo el efecto contrario a lo que perseguía Mussolini. La quota novanta produjo un aumento de la concentración industrial que no se podía superar con débiles intentos de introducir medidas antimonopolios, con el planeamiento centralizado con el intento de incrementar la importancia del sector público. El comercio a gran escala quedó concentrado fortalecido y se encontró en una posición aún más fuerte para enfrentarse al desafío de los sindicatos fascistas y para salvaguardar sus intereses dentro del estado corpora­tivo.

La «batalla por el trigo» se libró en julio de 1925, cuando Volpi impuso aranceles proteccionistas sobre el trigo para recortar el flujo de importaciones provocado por una mala co­secha en 1924 y que estaba afectando gravemente a la balanza de pagos y al cambio de divisas. El elevado coste del trigo contrarrestaba los efectos deflacionistas de la política económica del gobierno y por ello la vida del hombre de la calle se hizo aún más difícil. La «batalla por el trigo» fue un éxito en el sentido de que Italia se pudo autoabastecer, pero en términos económicos y sociales fue un desas­tre que ninguna de las inspiradoras fotografías del Duce.

En 1928, Volpi fue sustituido por Antonio Mosconi, que se dis­puso a solucionar los problemas de la crisis aumentando los impues­tos y emprendiendo inmensos proyectos de obras públicas.

Las medidas económicas que se introdujeron para lograr un grado de autarquía y para solventar los efectos de la crisis aumentaron las tendencias totalitarias del régimen, pero al mismo tiempo favorecie­ron los intereses de ciertos sectores e hicieron que el logro de una sociedad fascista homogénea se convirtiera en-algo aún más lejano.

El fascismo no era más capaz que el nacionalsocialismo de superar esta contradicción entre modernidad y una añoranza sentimental y reaccionaria de la vida sencilla del pasado, con sus valores seguros y su robusta cultura. Tras la fachada de la dictadura totalitaria, am­bos estados eran profundamente inestables. Incapaces de hallar la «mayor síntesis fascista» en tiempo de paz, acabaron por imaginar que podría encontrarse en una guerra victoriosa.

En enero de 1933, el gobierno creó una nueva institución para intervenir en la banca y la industria. El Istituto per la Ricostruzione Industriale (IRI) se convirtió en una inmensa compañía pública de valores dedicada a financiar el programa de rearme y a fomentar la autarquía. En 1936, el IRI dejó de conceder créditos a la industria, papel desempeñado ahora por el Istituto Mobiliare Italiano (IMI). El control estatal sobre la industria aumentó muchísimo. El IRI intentó racionalizar y concentrar la industrial del acero y fracasó y esto sólo se consiguió tras la caída del fascismo. El IRI sobrevivió y pasó a de­sempeñar un papel vital en la reconstrucción de posguerra y fue un factor importante en el «milagro económico» de Italia.

La crisis obligó al gobierno a hacer frente al tema del corporativismo, que había estado archivado desde 1926. En 1932, Mussolini se nombró a sí mismo ministro de Corporaciones. Proclamó que el capitalismo estaba muerto y que el corporativismo era la única manera de superar las deficiencias del liberalismo económico, del mismo modo que el fascismo había sus­tituido al liberalismo político. Las inmensas estructuras burocráticas de las corporaciones disimulaban el hecho de que los grandes productores decidían los cupos y la asignación de materias primas. Pese a todo lo que se decía acerca de que ésta era una forma nueva y revolucionaria de organización económica, pronto fue evidente que las corporaciones eran un fraude. En 1937, el Consejo Nacional de Corporaciones dejó de reunirse y en 1939 Mussolini entregó el Ministerio de Corporaciones a una nulidad.

Para devolver al fascismo algo de su dinamismo y su mito, para identificar a las masas con el régimen y sin duda también para sa­tisfacer sus particulares necesidades psicológicas, Mussolini prestaba muchísima atención al culto a su personalidad. El re­sultado de toda esta rimbombancia fue qué Mussolini se quedó todavía más aislado del pueblo y fue engañado por los aduladores que lo rodeaban haciéndole creer que podía exigirles cualquier cosa. Des­pués de 1932, los ministros prácticamente dejaron de aconsejarlo y se vieron reducidos a desempeñar el papel de meros ejecutores de su voluntad. El éxito en la guerra de Etiopía aumentó muchísimo su popularidad.

Cuando la Sociedad de Naciones impuso sanciones económicas contra Italia, Mussolini proclamó la política de la autarquía para defender a Italia de sus enemigos extranjeros y para marcar una estimulante meta que pondría a prueba el valor del país. La guerra de Etiopía y la intervención en la Guerra Civil española tuvieron un efecto devastador para la balanza de pagos y los intentos de lograr la autosuficiencia no contribuyeron gran cosa a aliviar este grave problema.

La política exterior expansionista y agresiva de Mussolini era un intento más de dar un sentido de dirección y dinamismo a una so­ciedad que estaba empezando a mostrar una creciente falta de cohe­sión y una sensación generalizada de resignación y cinismo.  A los conservadores no les entu­siasmaba la idea de la guerra y se fueron alejando cada vez más del régimen. La Iglesia estaba en la oposición por el racismo del régimen. El rey estaba molesto por las pretensiones de Mussolini de ser tratado como su igual. Los terratenientes se quejaban del exceso de impuestos y a los hombres de negocios les molestaba la posición privilegiada de las grandes corporaciones. Bajo las tensiones de una guerra en la que se suponía que los italianos debían demostrar su valía y con­vertirse en el nuevo hombre fascista, todas las tensiones y las divi­siones del período anterior a la guerra se intensificaron y la situación se hizo tan desesperada que Mussolini fue derrocado por el Gran Consejo Fascista y arrestado. La imponente dictadura se vino abajo como un castillo de naipes y ninguno de sus seguidores movió un dedo para salvar a su depuesto Duce. Algunos dirigentes fascistas huyeron en busca de la protección de los alemanes, otros comenza­ron a congraciarse con los victoriosos aliados, sólo unos pocos se suicidaron al estilo romano.

Por el 13-02-2010 Categoria: Historia Contemporanea (cs politica)

Comparte este artículo...

Deja un comentario

0 comentarios